Historia del Alcohol en España

Probablemente una de las primeras reseñas sobre el alcohol aparece en el Antiguo Testamento, siendo los judíos los que atribuyeron su invención a Noé. De su importancia para nuestra cultura da ejemplo el Nuevo Testamento en los pasajes de las Bodas de Caná y de la Última Cena. En todos estos casos se habla del vino. Inicialmente su elaboración se hacía dentro de la economía doméstica. El alcohol procedía de la fermentación de bayas, frutas y miel.

Otras culturas como la china, egipcia, mesopotámica y sumeria, había conocido la fermentación de los cereales y, por tanto, la fabricación de una rudimentaria cerveza. Con las culturas griegas y romana el vino alcanza su deificación. Los griegos fueron los que introdujeron el viñedo en nuestro país, constituyendo el primer gran complejo de consumo de alcohol. La expansión de los diferentes núcleos urbanos romanizados va íntimamente ligada a la expansión de tierras dedicadas al cultivo de la vid.

En Roma, el vino se consumía en los primeros meses después de la cosecha. Cuando a partir de la primavera, empezaba a estropearse se le añadía aguardiente y otros productos conservantes, así el vino era un arco iris de cambiantes sabores a lo largo del año. Su producción se extiende a la totalidad del Imperio Romano mezclado con especies y opio, al ser difícil lograr un producto estable.

Sin embargo, en el reino visigodo las guerras internas destruyeron la estructura estable que permitía la producción y el cultivo del viñedo, a lo que había que unir la actitud de la Iglesia romana cristiana contraria al consumo de cerveza y vino.

En la época árabe eliminan el Estado visigodo encontrándose con los viñedos destruidos. No es hasta siglos después, con la introducción del alambique por los árabes, cuando empiezan a aparecer en España las primeras bebidas destiladas, y como máximo exponente de ellas el aguardiente (aqua-ardens).

En el siglo XVII el concepto actual de alcoholismo aún no se conocía. Durante el reinado de Felipe II, se concedieron múltiples sistemas de monopolio local que impedían la formación del mercado de alcohol. No obstante, en la misma época, es cuando empieza a plantearse el valor terapéutico y alimenticio del vino con la intención de elevar el cultivo de los viñedos. Aún así, la cultura de España seguía siendo, desde la Edad Media, abstemia. Nuestra toxicomanía nacional tradicional era el tabaquismo traído de las Indias.

A partir de la mitad del siglo XVIII, su uso se modifica empezando a utilizarse como bebida embriagante. En 1.747 se produce la exención de derechos a los aguardientes y licores, que permitiría el comercio interregional, ya que los productos españoles no adoptarán técnicas de conservación y estabilización hasta el siglo XIX.

A principios del siglo XIX, se produce el cambio de una cultura nacional abstemia a unas pautas de consumo generalizadas y a la vez hay una expansión de los viñedos. Se institucionaliza el alcohol, produciéndose problemas médicos y psiquiátricos durante la última parte del siglo XIX, desatándose una verdadera epidemia de alcoholemia.

En esta época coexisten dos pautas de consumo. La tradicional como alimenticia, que raramente daba lugar a la dependencia alcohólica. La moderna, donde el alcohol se utiliza en los medios urbanos y proletarios con la finalidad de evadirse de una realidad insoportable, básicamente reflejada en la falta de calidad de vida y malas condiciones laborales.

Esta percepción del problema del alcoholismo, se opone al estereotipo de la preexistencia de una cultura mediterránea del vino con la que se pretende justificar al alto nivel de consumo en nuestro país. Por el contrario, el alcohol es una droga recientemente incorporada a nuestros hábitos, basándose en factores económicos perfectamente controlables como son la industrialización y emigración de importantes contingentes campesinos a las áreas industrializadas, grandes consumidores de alcohol. 1890 marca la fase más importante con la construcción de ferrocarriles, sobre la que se articula nuestra Revolución Industrial, al influir en el desplazamiento de la población y en transporte rápido de grandes cantidades de alcohol.

Pocos años después, se llegan a admitir las graves repercusiones de la dependencia alcohólica en las sociedades industriales. En buena medida las relaciones entre la locura y la criminalidad encontraron en el alcoholismo un excelente nexo, provocando grandes gastos de mantenimiento y curación de estos enfermos en asilos-hospitales y prisiones.

A partir de 1.940 podemos decir que se establece una corriente continua de investigaciones y se crean las condiciones para que sea reconocido los efectos del consumo de alcohol como enfermedad, básicamente a través del síndrome de dependencia.

Entre 1.959 y 1.981, el consumo de alcohol puro pasa de 8 litros por habitante y año a 15 litros. La incorporación de la mujer al alcoholismo supone una parte importante de dichos incrementos, así como de la juventud. En 1.986 y 1.987, el consumo abusivo de alcohol se ha estabilizado, y en 1.988-1.992, el alcohol se ha convertido en la droga base para el consumo de otras drogas.

En esos momentos, España se ha convertido en el tercer productor de vino entre los países europeos y segundo consumidor de bebidas alcohólicas. En la economía, el alcohol juega un papel cada día más importante en cuanto a volumen y valor de producción. Entramos en la era de la medicina preventiva dirigida a conseguir una mayor calidad de vida, de ahí que el tema de las drogas estabas en manos de los psiquiatras y ahora, bajo un equipo multidisciplinar.


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