Alcohol y Juventud

El inicio del consumo de alcohol por los y las jóvenes, comienza a edades muy tempranas y dentro del propio hogar. Se aprende a consumir alcohol en determinadas situaciones específicas asociadas a momentos de celebración y felicidad que el/la adolescente va incorporando a sus pautas cotidianas de comportamiento y como una forma de "hacerse mayor".

Los primeros contactos con el alcohol comienzan incluso antes de la adolescencia. La franja de edad comprendida entre los 14 y 19 años, es la que presenta la cota superior del inicio del consumo, representando el 70% entre los varones y el 79% de las mujeres, edades que coinciden con el inicio de las salidas con su grupo de amigos/as fuera del seno familiar.

Pero, ¿qué razones hay para que un/a joven comience a consumir alcohol?:

  • La necesidad de integrarse en su grupo, sentirse miembro de éste, incluido/a y aceptado/a.
  • La búsqueda de la autoestima y una evaluación favorable de sí mismo/a.
  • La creencia de que facilita las relaciones afectivas, sexuales y de ligue, facilitando el contacto social gracias a la desinhibición que produce el alcohol.
  • El consumo es vivido como una forma de conducta adulta, que les ha sido transmitida como "condición de ser adulto/a".
  • La búsqueda de placer y evasión (escapar de problemas personales, estar a disgusto con la sociedad...)
  • La presión social y cultural que existe para consumir alcohol.
  • El contexto concreto donde se consume el alcohol.
  • En el colectivo juvenil, predomina el consumo ocasional y semanal, con muy escasa proporción de consumidores/as diarios o casi diarios. El consumo juvenil se efectúa principalmente en lugares de diversión o espacios públicos, con una elevada incidencia durante el fin de semana.

    En el consumo de alcohol influirá un conjunto de condiciones y situaciones personales, familiares y ambientales que facilitarán su uso. Así, un/a adolescente de alto riesgo será quién tenga necesidad de experimentar sensaciones nuevas sin ser consciente de los riesgos que conlleva, con dificultades para entender, aceptar y asumir las normas de convivencia de la sociedad, que ha empezado a consumir a una edad temprana, con fracaso escolar y falta de interés en los estudios que, a veces, derivan hacia formas de comportamiento inadecuados, con baja autoestima, pues no valora sus propias cualidades y se desprecia a sí mismo/a, con alta necesidad de aprobación social, llevando a conductas conformistas, y con actitudes y creencias favorables hacia el consumo de sustancias.

    Junto a estos factores de riesgo personales, existen otros de carácter social que tienen que ver con el contexto en el que el/la adolescente se desenvuelve. De hecho, la facilidad para acceder a las drogas en nuestra sociedad, aumenta la probabilidad de consumirlas, así como el riesgo de integrarse en un grupo de amigos/as que presionen para consumir. Por otra parte, las posibilidades de consumo aumentan cuando sólo se aprende a disfrutar del ocio en lugares asociados al consumo de drogas (bares, pubs, discotecas, botellona) y no hay otras ofertas de ocio alternativa.

    La familia también puede llegar a ser un factor de riesgo de consumo si tienen una actitud tolerante hacia éste, por ejemplo, cuando fuman o beben. Además, la dificultad de las madres y padres para fijar límites, no estableciendo normas claras que se mantengan con coherencia y consistencia; así como, una situación familiar conflictiva, provocarán cambios bruscos de comportamiento e incremento de la ansiedad en los hijos/as, que harán más probable la dependencia del y la adolescente al grupo; y por tanto, mayor posibilidad de consumir alcohol. De ahí, que la buena comunicación en familia actúe como un factor de protección frente a futuros hábitos de consumo: progenitores e hijos/as deben saber escuchar e intentar llegar a acuerdos razonables que incluya ventajas para las dos partes.