Alcohol y Juventud

El inicio del consumo de alcohol por los jóvenes, comienza a edades muy tempranas y dentro del propio hogar. Se aprende a consumir alcohol en determinadas situaciones específicas asociadas a momentos de celebración y felicidad que el adolescente va incorporando a sus pautas cotidianas de comportamiento y como una forma de “hacerse mayor”.

Los primeros contactos con el alcohol comienzan incluso antes de la adolescencia. La franja de edad comprendida entre los 15 y 19 años, es la que presenta la cota superior del inicio del consumo, representando el 70% entre los varones y el 79% de las mujeres, edades que coinciden con el inicio de las salidas con su grupo de amigos fuera del seno familiar. En conjunto, la edad media del total de los jóvenes consumidores que tienen un primer contacto socializador con el alcohol, según la Encuesta Domiciliaria sobre el Uso de Drogas, en su apartado Adolescencia y Juventud de 1.997, es en torno a los 14 y 15 años.

Pero, ¿qué razones hay para que un joven comience a consumir alcohol?:
  • La necesidad de integrarse en su grupo, el sentirse miembro de éste, incluido y aceptado.
  • La búsqueda de la autoestima y una evaluación favorable de sí mismo.
  • La creencia de que facilita las relaciones afectivas, sexuales y de ligue, facilitando el contacto social gracias a la desinhibición que produce el alcohol.
  • El consumo es vivido como una forma de conducta adulta, que les ha sido transmitida como “condición de ser adulto”.
  • La búsqueda de placer y evasión (escapar de problemas personales, estar a disgusto con la sociedad…)
  • La presión social y cultural que existe para consumir alcohol.
  • El contexto concreto donde se consume el alcohol.
  • En los jóvenes predomina el consumo ocasional y semanal, con muy escasa proporción de consumidores diarios o casi diarios. El consumo juvenil se efectúa principalmente en lugares de diversión o espacios públicos, con una elevada incidencia durante el fin de semana (según datos de la Fundación de Ayuda a la Drogadicción, los jóvenes de 14 a 25 años beben una media de 46,71 centímetros cúbicos de alcohol los sábados).

    En el consumo de alcohol influirá un conjunto de condiciones y situaciones personales, familiares y ambientales que facilitarán su uso. Así, un adolescente de alto riesgo será el que tenga necesidad de experimentar sensaciones nuevas sin ser consciente de los riesgos que conlleva; con dificultades para entender, aceptar y asumir las normas de convivencia de la sociedad; que ha empezado a consumir a una edad temprana; con fracaso escolar y falta de interés en los estudios que, a veces, derivan hacia formas de comportamiento inadecuados; con baja autoestima, pues no valora sus propias cualidades y se desprecia a sí mismo; con alta necesidad de aprobación social, llevándole a conductas conformistas; y con actitudes y creencias favorables hacia el consumo.

    Junto a estos factores de riesgo personales, existen otros de carácter social que tienen que ver con el contexto en el que el adolescente se desenvuelve. De hecho, la facilidad para acceder a las drogas en nuestra sociedad, aumenta la probabilidad de consumirlas, así como el riesgo de integrarse en un grupo de amigos que presionen para consumir. Por otra parte, las posibilidades de consumo aumentan cuando sólo se aprende a disfrutar del ocio en lugares asociados al consumo de drogas (bares, pubs, discotecas, botellota…) y no hay otras ofertas de ocio alternativa.

    La familia también puede llegar a ser un factor de riesgo de consumo si tienen una actitud tolerante hacia éste, por ejemplo, cuando fuman o beben. Además, la dificultad de los padres para fijar límites, no estableciendo normas claras que se mantengan con coherencia y consistencia, así como una situación familiar conflictiva, provocarán cambios bruscos de comportamiento e incremento de la ansiedad en los hijos, que harán más probable la dependencia del adolescente al grupo, y por tanto, mayor posibilidad de consumir alcohol. De ahí que la buena comunicación en familia actúe como un factor de protección frente a futuros hábitos de consumo: padres e hijos/as deben saber escuchar e intentar llegar a acuerdos razonables que incluya ventajas para las dos partes.


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