Orientaciones para superar el Síndrome de Dependencia Alcohólica

Es muy frecuente que los alcohólicos que vienen a realizar una consulta en nuestra Asociación o a pedir información, nieguen serlo. Aun reconociendo ciertos signos evidentes, como graves problemas familiares, laborales y trastornos físicos, estas personas niegan ser alcohólicos. Pero, ¿por qué? En primer lugar, la palabra alcohólico se considera casi un insulto, y a nadie le gusta que le insulten. El alcohólico, cuando acude a pedir información, sabe perfectamente bien que bebe demasiado, pero si además alguien le pone el calificativo de alcohólico, reacciona generalmente de mala manera. Y es que se siente culpable por serlo y, al decirle que lo es, lo que hacemos es hurgar en su herida, hacerle daño.

Asumir el calificativo de alcohólico, le va a llevar un tiempo y no es la mejor manera el recordárselo constantemente, ya que no es un canalla, ni un vicioso, ni una mala persona, sino un enfermo. De hecho, podemos afirmar que el alcohólico anhela poder dejar de beber. ¡Es lo que más le gustaría! Le gustaría volver a conseguir el respeto y consideración de la sociedad que le rodea, el cariño de su núcleo familiar, protagonizar el desarrollo de sus hijos, compartir y disfrutar de su juventud con el resto de su pandilla, rendir plenamente en sus estudios y trabajos… En definitiva ser como le gustaría ser.

Aparte de la carga emocional de la palabra alcoholismo, hay una gran falta de información sobre lo que es esta enfermedad. ¿Es tener náuseas y temblores, estar enfermo del hígado, faltar al trabajo o no rendir en él, discutir con la pareja o desentenderse de la vida familiar? ¡NO! Estas son algunas consecuencias muy manifiestas del alcoholismo, pero no es el alcoholismo en si mismo. Lógicamente, el alcohólico bebe alcohol, y suele hacerlo en grandes cantidades, pudiendo a menudo, emborracharse o manteniendo un estado de semiinconsciencia o sopor. Sin embargo, hay personas que beben mucho alcohol y hasta que se embriagan a menudo, y no son alcohólicas. Lo característico del alcohólico es que no puede controlar el consumo, ha perdido la libertad ante el alcohol, ya no es él quien manda, sino el tóxico. Y, aunque a menudo trate de engañarse a si mismo, sabe que debería dejar de beber pero no puede, haciéndose ilusiones de que él bebe porque quiere cuando, en realidad, bebe porque no puede evitarlo.

Reconocerse ALCOHÓLICO es un síntoma positivo en la medida en que se acepta la dependencia y por lo tanto el que así se califica reconoce su deseo de solucionarla.

Pero, ¿se cura el alcoholismo? Hemos de afirmar que tan solo con una actuación multidisciplinar, en la que intervengan distintas especialidades profesionales, voluntarios previamente formados y terapeutas de autoayuda, podremos abordar esta enfermedad con perspectivas de éxito. Es muy difícil que el enfermo aislado consiga dejar de beber a base de su fuera de voluntad, entre otras muchas razones, porque esta última es muy probable que haya desaparecido con el consumo del alcohol, y además porque no sentirá nada más que un estado de privación o negación sin poder encontrarle sentido.

Cuando un alcohólico acude a un recurso de ayuda es probable que haya empezado a dar los pasos adecuados. El hecho de acudir a cualquier sitio o profesional requiriendo ayuda, ya expresa una conciencia del individuo sobre el problema y por lo tanto un deseo de encontrarle una solución. En enfermo y todo el equipo que le asiste va a intentar, durante un largo periodo de tiempo, ir remediando cuantas anomalías le han ido produciendo al paciente el consumo de alcohol, empezando por lo más básico: la abstinencia en el consumo de alcohol. Este proceso básico puede, en muchos casos, verse abocado a procesos de desintoxicación previa y vigiada, pero más allá de esta batalla fisiológica se deberá de emprender una psicológica encaminada a reforzar la voluntad perdida para que esa abstinencia pase de ser forzada a ser voluntaria por parte del alcohólico. La medicina apoyará, en los primeros estadios de la abstinencia, con fármacos específicos y estudios para cada caso, que permitan bajar los niveles de ansiedad de los pacientes e incluso que se conviertan en una barrera fisiológica entre el alcohol y el enfermo. La intervención de los profesionales de la psicología, además de plantear y evaluar los objetivos del enfermo, permitirá la detección de otras patologías, anteriores al alcoholo consecuencia de la ingesta del mismo: fortalecimiento de la voluntad del enfermo, contacto con sus homólogos, comprensión de las vivencias comunes, sentimiento solidario ante las penalidades y dificultades que encarna el proceso de reeducación…

Ante un pronóstico favorable de este primer periodo y por el peligro que conlleva una engañosa autoconfianza en el dominio de la abstinencia por parte del enfermo, debemos ir trasladando su voluntad de forma mas firme en el sentido de la autoprotección y la prevención de posibles recaídas. Simultáneamente nos iremos encontrando a un enfermo con necesidad de apoyo en determinadas habilidades sociales, con procesos de readaptación y/o capacitación laboral.

Finalmente el equipo y el enfermo encaran la última fase de normalización social en la que se analiza constantemente al enfermo en su nueva situación social, laboral, afectiva… siendo estos aspectos mucho más valorados que el mero hecho de haber dejado de beber alcohol.

En todo este proceso hay que destacar de forma muy ponderable la actuación del equipo de autoayuda compuesto por voluntarios, específicamente formados, que en su día fueron enfermos de esta patología. Las llamadas terapias de autoayuda, en donde el enfermo va ir describiendo y sintiendo “en voz alta” su propia evolución de la enfermedad, van a ser el reflejo solidario de esta patología ayudando a romper esa sensación de “yo único” con la que inició su proceso de rehabilitación. Los voluntarios que las coordinan serán testigos de la evolución públicamente reconocida de los enfermos.

Terminado este tratamiento sistemático y multidisciplinar estaríamos ante un pronóstico de “curación” en la medida en que todos los problemas y situaciones que mantenían la dependencia alcohólica, se han solucionado o están en franca vía de solución, o al menos ese enfermo alcohólico ha asimilado técnicas y mecanismos que le habilitan para buscar soluciones a sus problemas sin necesidad de que estas pasen por el consumo de alcohol. Es decir, estará “curado”, en la medida en que no vuelva a ingerir ningún tipo de bebida alcohólica. Sin embargo, algunos acuden a “aprender a beber” y a estos hay que decirles contundentemente que esta no es la solución.

Una vez que se ha desarrollado la enfermedad alcohólica, las posibilidades de volver a realizar un consumo “moderado”, o “responsable” o “controlado”, son nulas. Aun así, el paciente se resiste en principio a esas limitaciones pero termina aceptándolas cuando menos con resignación y al cabo de un tiempo de forma integrada en la vida cotidiana no solo por el paciente sino por todo su entorno social y familiar.

Pero, ¿y las recaídas? Una de las características que tiene el alcoholismo, al igual que otros procesos adictivos, es la posibilidad de una recaída. Como en cualquier otro proceso, no es un efecto deseable ni deseo, pero posible.

Para que exista una recaída como tal es necesario que el enfermo haya conseguido un amplio periodo de abstinencia y haya aceptado claramente su dependencia alcohólica y haya modulado algunos cambios en sus estadios personales. Precisamente, en la medida en que haya efectuado esos cambios con mayor o menor intensidad, nos estamos encontrando ante situaciones de riesgo, ya que el enfermo tiene una tendencia clara a pensar con cierta euforia y precipitación que ya es dueño de sus actos, que ha fortalecido suficientemente su voluntad, que todo esta en vías de solución… siendo la suma de todos estos factores los que llevan a un exceso de confianza que ante el más mínimo revés, le pueden conducir de nuevo a buscar la solución en el alcohol.

Evidentemente, de producirse, no deja de ser una frustración colectiva, e incluso, ante una situación así cabría pensar que es como volver a empezar, pero nunca es totalmente desde cero, ya que el propio enfermo ha aprendido los mecanismos más iniciales para hacerse con el control de su enfermedad: ya ha pasado antes por allí. La intervención del equipo profesional y voluntario que le atiende es muy importante en la medida en que deberán estudiar las posibles causas de la misma y abrir de nuevo la esperanza del enfermo, ya que ante la recaída se le genera un sentimiento de inutilidad de lo andado que en cierta forma le va a tapar la perspectiva de que sigue teniendo futuro.


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